1161
{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Aburrirse como derecho
Hay una mujer en mi barrio que presume de aburrirse. Lo cuenta con la misma satisfacción con la que otros enseñan los pasos diarios del reloj inteligente o anuncian que han corrido una media maratón antes de desayunar. Tiene sesenta años muy largos, y asegura que, en los mejores días, dedica una o dos horas a no hacer absolutamente nada. Ni yoga, ni meditación, ni mindfulness, ni una aplicación que le felicite por respirar correctamente. Nada. Se sienta, mira por la ventana, observa una nube con la concentración de quien vigila un furgón blindado con malas intenciones -o buenas, ¡qué carajo!- y deja pasar el tiempo. Lo dice sin vergüenza. Como quien reconoce que tiene una segunda residencia en la Costa Brava.
Al principio se escondía. La entiendo, es comprensible. En una sociedad donde hasta el cepillado de dientes parece una oportunidad para escuchar un podcast sobre liderazgo, admitir que uno está perdiendo el tiempo resulta más comprometido que declarar una cuenta en Suiza. Al principio, Amelia -que así se llama- fingía que leía, dejaba una revista abierta sobre las piernas o mantenía el móvil encendido por si alguien aparecía y que confundiera así su inactividad con una tarea. Porque no hacer nada se ha convertido en una actividad sospechosa. Si te ven quieto demasiado tiempo, alguien acaba preguntándote si te encuentras bien. O algo peor te califican de vago, como poco.
A Amelia, ahora ya le da igual. Se aburre delante de quien haga falta. Ha salido del armario del aburrimiento con una naturalidad admirable. Mientras el resto vivimos como hámsteres hiperactivos en una rueda que además mide nuestros resultados de productividad, ella contempla cómo avanza una sombra por la pared. Y asegura que su mente descansa. Que no siente ansiedad. Que no tiene remordimientos. Que ni siquiera piensa en que debería estar haciendo otra cosa. Lo cuenta y parece estar describiendo una experiencia paranormal.
Quizá hemos confundido el tiempo libre con una segunda jornada laboral. Antes uno descansaba; ahora optimiza. Antes paseaba; ahora completa objetivos. Antes se aburría; ahora consume contenido. Hemos llenado cada hueco de nuestra vida con tanta información que un minuto de silencio nos produce la misma inquietud que una llamada del banco a las diez de la noche. El aburrimiento ha pasado de ser un estado a combatir a convertirse en un lujo escaso, como los pisos asequibles.
Por eso admiro a esa mujer. También porque continúa viviendo en un Casco Antiguo hostil, es cierto. Pero miientras todos competimos por demostrar que hacemos más cosas que nadie, ella ha decidido hacer menos. Y no sólo parece más descansada, sino que lo está y también diría que más dinámica cuando decide activarse. Quizá porque ha descubierto algo que la modernidad intenta ocultarnos, que la cabeza también necesita quedarse al ralentí de vez en cuando. Como los ordenadores, como los motores y como algunos políticos, aunque estos últimos a veces parecen haberse quedado así permanentemente. Sin reacción./Javi Muro
LO MÁS LEIDO
Suscripción a la Newsletter 