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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Brazadas lentas, conclusiones fugaces

Este verano conocí en la piscina a un hombre que nadaba a una velocidad prodigiosa. Fue hace unas semanas. La piscina era de las de cincuenta metros y él -que fácilmente rozaba los 70 o más- parecía haber decidido que no tenía ninguna intención de completar la distancia antes que nadie. Cada brazada duraba una eternidad. Sacaba un brazo del agua y allí se quedaba, suspendido en el aire, como si estuviera esperando que alguien le confirmara que podía continuar. Lo extraordinario es que avanzaba. Completaba largos con una cadencia perfecta, como si hubiese firmado un tratado de paz con el agua.

 

Cuando salió de la piscina me acerqué y le pregunté cómo lo hacía. Cómo conseguía nadar a aquel ritmo sin desesperarse. Me habló de estar en paz consigo mismo, de disfrutar del tiempo, de sentirse cómodo, a gusto. Le expliqué, entre risas, que si yo intentaba nadar de aquella manera acabaría en el fondo de la piscina, probablemente convertido en la noticia de sucesos del verano. Me miró y dijo: "Igual tienes prisa".

 

La frase me hizo gracia porque aquel era uno de los días más tranquilos del verano. No tenía nada urgente que hacer. Nadie me perseguía. No llegaba tarde a ninguna parte. No había una reunión, un avión que coger, una cita médica, ni siquiera un camarero mirándome desde lejos con la expresión de quien quiere saber si vas a pedir algo o piensas establecer allí tu residencia. Y, sin embargo, yo nadaba como si estuviera intentando escapar de la piscina. Hay gente que tiene una relación muy rara con el tiempo, cuando lo tiene, procura gastarlo cuanto antes.

 

Al rato vi al hombre en la terraza de la cafetería. Estaba tomando un café. No parecía tener ninguna prisa por terminarlo. Lo bebía con el mismo detenimiento con que había nadado. Un sorbo, una pausa, mirada alrededor. No consultaba el teléfono ni parecía estar esperando una noticia de última hora sobre el precio del petróleo. Simplemente estaba allí, tomando café. Entonces comprendí que aquello no era una técnica de natación. Era su forma de existir. Probablemente también se ataba los zapatos con tranquilidad y esperaba el ascensor sin pulsar compulsivamente el botón, como hacemos los demás, por si el aparato elevedor estuviera pensando: "Este hombre tiene prisa, voy a bajar más rápido".

 

Lo envidié. No mucho, tampoco quiero exagerar, uno tiene una reputación que mantener. Pero lo envidié. Pensé que quizá había descubierto algo que yo todavía desconocía que no todo lo que hacemos necesita parecer una contrarreloj. Que se puede nadar despacio, tomar un café despacio y, quién sabe, incluso cruzar una calle sin mirar el reloj. Desde entonces, cada vez que siento que voy demasiado rápido, me acuerdo de aquel hombre sacando un brazo del agua con la parsimonia de quien no tiene absolutamente nada que demostrar. Y me acuerdo de su frase. "Igual tienes prisa". Lo peor es que probablemente tenía razón. Y eso sí que me jode, que un hombre que nada tan despacio pueda llegar antes que yo a una conclusión./Javi Muro



Autor: Javier Muro

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