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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Correr contra el tiempo

Ana llega puntual, pero acelerada. “¿Me has pedido el café? Apenas tengo tiempo”. Lo dice como quien anuncia una catástrofe ferroviaria. Mira el móvil, resopla, se recoloca el bolso y observa el reloj con esa mezcla de angustia y desprecio que uno reserva para las cosas que dominan su vida. Cinco minutos después, sin embargo, el café ya está servido, el móvil descansa boca abajo sobre la mesa y Ana sonríe mirando por la ventana como si acabara de descubrir el paraíso. El ser humano moderno funciona así, entra al bar huyendo de una amenaza invisible y, a los diez minutos, parece dispuesto a jubilarse allí, soltando confidencias al camarero.

 

Vivimos corriendo contra el tiempo. Que es una frase extraordinaria, porque implica una batalla imposible. Nadie dice “corro contra la humedad” o “contra la gravedad”. Pero contra el tiempo sí. Nos levantamos luchando contra los minutos, desayunamos peleando con el reloj y terminamos el día con la sensación de haber perdido una carrera cuya meta, curiosamente, consiste en llegar antes al final. ¿Es posible que alguien nos haya engañado con nuestras prioridades?

 

Esta conversación la he tenido con mi amigo Mateo y cada vez que le digo que tengo prisa me responde lo mismo: ¿Prisa para qué exactamente? Y mi urgencia comienza a desvanecerse.

 

Hace siglos el tiempo lo marcaba el sol. Luego llegaron los relojes, después las agendas y ahora lo marca una combinación entre Instagram, TikTok y las tertulias políticas de la televisión, que no ganan para escándalos y corruptelas y ‘expertos’ que analizarlas.

 

El amanecer ya no importa; importa la notificación. Antes la gente sabía que era mediodía porque el sol estaba arriba. Hoy hemos sustituido el ciclo solar por el algoritmo, que tiene algo de dios griego enfadado, nunca descansa y siempre exige sacrificios.

 

El problema es que hemos convertido el tiempo en una mercancía. “No tengo tiempo”, dice la gente con la misma gravedad con la que antes se decía “no tengo pan”. Y quizá sea verdad. Porque el tiempo real -el que sirve para pensar, crear, descansar o simplemente mirar una calle sin hacer nada- ha sido ocupado por una sucesión de urgencias absurdas. Contestamos mensajes mientras caminamos, escuchamos cursos acelerados para aprender más rápido y hasta el ocio parece diseñado por un capataz industrial. 

 

Mateo asegura que lo curioso es que el tiempo, en realidad, es flexible. “Se estira y se encoge según lo que vivimos”. Dice que “el tiempo no es un reloj, es percepción” y que por eso los mejores momentos suelen ser aquellos en los que dejamos de medirlo. Una conversación larga, una sobremesa, una canción escuchada sin mirar el móvil. Instantes donde el tiempo deja de parecer una amenaza y vuelve a ser simplemente la vida pasando.

 

Porque somos lo que hacemos. Y para hacer -de verdad hacer: fabricar, crear, construir, amar, escribir, cocinar, cuidar- hace falta tiempo. Pero también hace falta saber por qué hacemos las cosas. Ahí está el gran agujero negro de nuestra sociedad. Corremos muchísimo sin preguntarnos hacia dónde. Somos velocistas del vacío. Gente agotada que avanza tan rápido que ya no distingue el paisaje, como esos ciclistas que estos días disputan el Giro y en su fatiga son incapaces de disfrutar del entorno natural que atraviesan.

 

Ana termina el café. Mira el reloj otra vez y suspira. “Bueno, aún me quedan diez minutos”. Lo dice con alivio, como si hubiera engañado al universo. Luego sonríe y pide otro café. Y durante unos segundos parece que ha dejado de correr contra el tiempo para empezar, simplemente, a vivir dentro de él./Javi Muro



Autor: Javier Muro

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