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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

El bunker de las listas cerradas

Querido diario, 

 

Siento una rabia inmensa al ver que la estructura del poder político ha retrocedido a un sistema feudal donde los partidos son los nuevos señores y los ciudadanos, simples vasallos. Todo se ha convertido en una gigantesca agencia de colocación. La política actual ha olvidado su única razón de ser, solucionar nuestros problemas cotidianos, gestionar bien los hospitales, asegurar que las personas de la tercera edad vivan con dignidad y ofrecer un horizonte de certidumbre para los jóvenes. Cuando la política se transforma en un simple medio de vida para el propio político, los ciudadanos nos quedamos completamente desamparados.

 

Un político debiera ser una persona comprometida que trabaja para los ciudadanos durante un tiempo determinado. Sin embargo, nos gobiernan profesionales de las siglas, gente que entra en las juventudes de un partido con veinte años y enlaza un cargo público con otro hasta la jubilación. No conocen otra realidad laboral. Su prioridad absoluta es no perder el puesto. El líder del partido coloca a los suyos para mantener el poder interno, y los colocados necesitan que el partido gane para no perder el sueldo. Y muchas veces ellos mismos votan las leyes que prolongan sus propios privilegios. Con el sistema de partidos actual será muy difícil ver un cambio real.

 

En el sistema actual de listas cerradas el poder absoluto lo tiene el líder. Si eres diputado, tu sueldo y tu carrera dependen exclusivamente de que el jefe te ponga en las listas, y, a poder ser, en un puesto de salida. Si disientes o críticas, te borran y te quedas sin trabajo. Las listas cerradas garantizan la sumisión total. Si las listas fueran abiertas, el poder pasaría a nosotros, a los ciudadanos, que podríamos votar al candidato que consideremos más preparado, valiente, y dispuesto a defender los derechos de las personas, con una idea de país, de región, de ciudad. Podríamos tachar al incompetente, al arribista, al pelota, pero ningún partido va a ceder ese privilegio voluntariamente. ¿Verdad?

 

Y lo peor es la complicidad de la propia calle, contagiada del peor forofismo. Veo a mucha gente justificar los escándalos o la desvergüenza de las listas de espera en la sanidad con el argumento de "los otros son peores". Se perdona la incapacidad y la corrupción propia porque asusta más la del rival, generando una impunidad absoluta. 

 

Estar harta de la izquierda actual no significa renunciar a los valores de justicia social o igualdad, significa exigir que quienes levanten esa bandera sean dignos de ella, que no la mancillen. Gestionar el país requiere a profesionales con trayectoria fuera de la política, que sepan administrar presupuestos reales y estén dispuestos a rendir cuentas.

 

Cuando las noticias sobre corrupción que salpican a los partidos, e incluso a la Guardia Civil o los jueces, son diarias, sufro una enorme saturación. Se produce una especie de callo emocional y la indignación se convierte en apatía. Ante la impotencia, el ciudadano se refugia en su burbuja privada. El consumo actúa como un analgésico para olvidar el desastre colectivo, bajo el pretexto de que mientras mi pequeña parcela esté a salvo, prefiero mirar para otro lado. El sistema fomenta este individualismo porque un ciudadano aislado no protesta.

 

Esta renuncia diaria a ejercer nuestros derechos ensancha la impunidad. Si en lugar de pensar que no merece la pena pidiéramos la hoja de reclamaciones en el hospital por cada fallo, las administraciones se verían obligadas a reaccionar. Cuando asumimos que todo el mundo tiene un precio, se pierde la confianza y queda un desierto moral. Pero el poder de los de arriba solo se sostiene si los de abajo callamos. El día que los partidos entiendan que no vamos a perdonar la incompetencia, el sistema de partidos actual empezará a temblar. Tenemos el poder del voto en blanco o de fiscalizar los currículums de los candidatos para penalizar a los supervivientes de la política. Un gobernante es solo un empleado temporal, si no cumple, se le despide.

 

Mientras el mundo real cruje, mientras la sanidad se colapsa, los políticos se aferran a sus sillones y la sociedad se anestesia consumiendo, ahí está esa corriente de la vida que se dedica al desfile de las vanidades, a las fiestas mundanas y al bla, bla, bla, bla, bla de la distracción perpetua para no mirar al vacío. Como el Jep Gambardella de ‘La gran belleza’ -la extraordinaria película de Sorrentino-, que busca la verdad entre tanta frivolidad y mediocridad, asisto a un truco de prestidigitación, un ruido de fondo para disimular que nos hacemos mayores y que las instituciones que nos rodean se han quedado huecas.

 

Esa actitud de espectador desencantado que fuma en la terraza mientras ve pasar la comedia humana es fascinante en el cine, pero en mi realidad, cuando lo que se está degradando es la vida de la gente, los hospitales y el cuidado de las personas mayores, ese bla, bla, bla institucional me resulta insoportable. La corrupción y la falta de líderes preparados prosperan en el caldo de cultivo de nuestra propia resignación. El día en que la exigencia de competencia y de honestidad sea tan alta que la mediocridad política ya no sea rentable, ese día las cúpulas se verán obligadas a abrir las listas. La espada vencedora que tanto anhelo no va a ser una persona individualmente, tiene que ser la reacción colectiva e inflexible de una sociedad que diga "basta", apague esa música de fiesta decadente, encienda las luces y exija un poco de verdad y de respeto por lo que de verdad importa./Alicia Hatter



Autor: Alicia Hatter

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