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{CULTURA / CINE}

'5 MINUTOS MAS', y el placer de reir y sentirse mal por hacerlo

Hay películas que buscan gustar y otras que defienden lo incómodo y optan por meter el dedo en el ojo del espectador, alterarlo, llevarlo hasta un lugar en el que ya no sabe muy bien si debe reírse, apartar la mirada o preguntarse qué demonios está haciendo ahí. Películas que nacen desde una libertad absoluta, desde una creación que parece surgir a borbotones y que no se preocupa demasiado por pedir permiso.

 

'5 minutos más', la nueva película de Javier Ruiz Caldera, con guion de Berto Romero, pertenece claramente a las segundas.Y eso, en un festival, siempre es de  agradecer. Porque estamos ante una película rotundamente arriesgada, que parece saber desde el primer momento que tiene entre las manos una bomba a punto de explotar y que, en lugar de alejarse de ella, decide manipularla durante todo el metraje.

 

Ante nosotros aparece el cartel, la fotografía de sus protagonistas. Y pensamos que la risa está asegurada. El hiperactivo Berto Romero, la maravillosa Belén Cuesta y un Javier Cámara que parece capaz de convertir en comedia casi cualquier situación. Cero dramas. Aquí hemos venido a pasarlo bien.

 

Pero, ¡ay, señor!

 

Cuando las cosas empiezan a descontrolarse, y vaya si se descontrolan, descubrimos que la película ha venido a jugar a otra cosa. '5 minutos más' es transgresora, kamikaze por momentos y muy consciente del riesgo que asume. Durante todo su metraje camina por una delgada línea roja entre el humor negrísimo y la violencia explícita. Una línea que no solo se atreve a cruzar, sino que parece disfrutar colocándonos al otro lado para preguntarnos qué hacemos allí.

¿Hasta dónde llegaríamos para salvar nuestra vida? ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para conservar nuestra comodidad, nuestro bienestar, esa calidad de vida que damos por sentada? ¿Y qué estaríamos dispuestos a hacer si supiéramos que dentro de cinco minutos todo vuelve a empezar, aunque esta vez ya no podamos borrar las consecuencias?

 

La premisa parece sencilla. Un matrimonio en crisis llega a una casa rural para intentar reconducir su relación. Hasta ahí, todo bastante habitual, bastante mundano. Pero, llegado un momento, sucede algo que escapa a cualquier entendimiento: el tiempo comienza a retroceder cinco minutos.

 

Y a partir de ahí, la película se convierte en una muñeca rusa infinita.

 

Al principio el bucle resulta divertido, incluso pueril. Hay algo casi juguetón en esa posibilidad de volver atrás y cambiar una decisión. Pero poco a poco cada repetición abre una posibilidad nueva y, con ella, una situación más retorcida, más oscura y más compleja que obliga a los personajes —y también a nosotros— a tomar decisiones. 

 

Porque una de las cosas más interesantes de '5 minutos más' es que ese bucle temporal no está únicamente al servicio del mecanismo narrativo. Sirve para colocar a sus personajes frente a algo mucho más reconocible: qué hacemos cuando perdemos el control, cual es la versión de un yo interno que poquísimas veces sacamos a relucir ante los demás.

En la rueda de prensa posterior a la proyección tuve la oportunidad de preguntarle a Berto Romero por el origen del guion, por su escritura y por esa libertad para mezclar géneros que, mientras veía la película, me llevó inevitablemente a pensar en determinadas películas del cine coreano.

 

Berto contó que escribió el guion en apenas tres meses, de una manera compulsiva, casi hemorrágica, y que durante el proceso sintió que estaba escribiendo con una versión mucho más joven de sí mismo. Con ese Berto de 18 años que quería hacer la película que le habría gustado ver cuando tenía 15.

 

Porque '5 minutos más' tiene algo de ese placer adolescente de llevar una idea hasta las últimas consecuencias. De preguntarse qué pasaría si pudiéramos repetir una situación una y otra vez y, en cada ocasión, hacer algo diferente. Pero también tiene la libertad de quien no quiere quedarse encerrado en un único género.

 

Y ahí aparece esa conexión con el cine coreano que planteé en la rueda de prensa. Berto reconoció que podía existir y señaló precisamente esa libertad para mezclar géneros, para llevar una situación hasta el extremo, para pasar de la comedia al thriller, de lo cotidiano a lo brutal sin necesidad de pedir disculpas por el salto.

 

Y eso es exactamente lo que hace '5 minutos más'. Salta, nos enreda, nos cuestiona, nos maneja. Salta de género en género, de la comedia negra al fantástico, del thriller a la violencia, de lo cotidiano a una especie de apocalipsis doméstico. Y lo hace con una libertad que resulta refrescante porque no parece demasiado preocupada por decidir qué película quiere ser. ¡Al diablo las etiquetas!

 

Y Javier Ruiz Caldera asume ese reto detrás de la cámara con absoluta solvencia. Hay que tener mucho control para dirigir una película que vive de la repetición, de la precisión y del caos al mismo tiempo. Para que una situación vuelva a suceder, pero nunca vuelva a ser exactamente la misma.

Y ahí el trabajo de los actores resulta fundamental. Y después está Javier Cámara… Cámara se enfrenta aquí a un personaje que se aleja considerablemente de muchos de los registros a los que nos tiene acostumbrados. Y resulta fascinante verlo moverse por ese territorio más oscuro, más físico, más desquiciado. 

 

Hay algo especialmente estimulante en descubrir a un actor que conocemos tan bien en un lugar en el que no solemos verlo. Pero no está solo. Belén Cuesta y el propio Berto Romero completan un trío protagonista que tiene que sostener una película en permanente transformación. Pasar de la discusión cotidiana al desconcierto, del humor a la violencia, de la normalidad al caos absoluto sin que el mecanismo termine por romperse, además de la rotunda exigencia física y actoral que requiere esta increíble sala de los espejos.

 

La repetición exige precisión. Los cuerpos tienen que recordar lo que acaba de ocurrir y, al mismo tiempo, modificarlo. Los movimientos, las entradas y salidas, los desplazamientos, los tiempos... todo tiene que estar medido para que ese pequeño universo de cinco minutos funcione en gloriosos planos secuencia fundamental y vertiginosos. Y funciona.

 

Pero quizá lo más interesante de '5 minutos más' esté en otro lugar. En nosotros. Porque el humor negro tiene algo de espejo. Nos permite reírnos de cosas que, fuera de una sala de cine, probablemente nos provocarían rechazo. Nos concede una distancia de seguridad. Nos deja pensar que aquello no va con nosotros. Hasta que deja de hacerlo.

 

Y cuanto más extrema se vuelve la película, más incómoda resulta una pregunta: ¿De qué nos estamos riendo exactamente? Ahí está, para mí, el verdadero juego de 5 minutos más. No se trata solamente de si la película es divertida. Lo es. Ni de si es violenta. Lo es, y mucho. Se trata de que consigue que ambas cosas convivan en un espacio bastante incómodo.

 

Porque, en el fondo, la película nos coloca frente a una pregunta bastante más seria de lo que parece: ¿qué queda de nuestros principios cuando sentimos que nuestra propia supervivencia está en juego?

 

En el pase de prensa la película ha gustado mucho. Se ha reído, se ha reaccionado, se ha hablado de ella al salir de la sala. Pero ahora queda la parte que más curiosidad me produce: comprobar qué hará con ella el público. Porque en un momento en el que muchas películas parecen preocuparse demasiado por explicar al espectador cómo debe sentirse, Ruiz Caldera y Berto Romero han decidido hacer algo bastante más peligroso: dejar que nos riamos de aquello que nos incomoda y que seamos nosotros quienes tengamos que decidir dónde está el límite. Cinco minutos. Una y otra vez. Hasta que la risa empieza a doler. Y entonces ya no sabemos muy bien si lo que estamos viendo habla de ellos... o de nosotros./Isabel Ribote desde el Festival de Cine de San Sebastián

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