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{CULTURA / CINE}
'METROPOLIS', cuando el futuro era 2026
El director Fritz lang ya se?alaba que el riesgo de toda sociedad siempre es la desigualdad

En 1927, cuando Europa todavía trataba de cicatrizar las heridas de la Primera Guerra Mundial y faltaban apenas dos años para el gran crack de Wall Street (1929), Fritz Lang estrenó una de las películas más influyentes de la historia del cine. 'Metrópolis' fue una gigantesca fantasía de acero, humo y rascacielos, una ciudad imposible situada exactamente en el año 2026. Es decir, ahora. Ese año ya ha llegado. Lo sorprendente es comprobar que la distopía de Lang no ha envejecido; simplemente ha cambiado de vestuario.
La película describía una sociedad partida en dos. Arriba vivía una élite rodeada de jardines, lujos y comodidad. Abajo, bajo toneladas de hormigón, miles de trabajadores mantenían en funcionamiento las enormes máquinas que alimentaban la ciudad. No conocían el descanso. Tampoco el futuro. Eran invisibles para quienes gobernaban desde la superficie.
No hace falta buscar mucho para encontrar hoy ecos de aquella ciudad imaginaria. Las máquinas ya no son enormes pistones de vapor, sino algoritmos, centros de datos e inteligencia artificial. Sin embargo, sigue existiendo una economía que necesita trabajadores invisibles, repartidores que recorren las ciudades contra el reloj, empleados de almacenes monitorizados por segundos, cuidadores mal remunerados, personal sanitario exhausto, profesores que sostienen sistemas educativos cada vez más tensionados y jóvenes que encadenan contratos temporales mientras contemplan cómo comprar una vivienda se convierte en una misión casi tan imposible como viajar a Marte; quizá a viajar Marte sea más sencillo.
Lang imaginó una ciudad dividida físicamente. La sociedad del siglo XXI ha perfeccionado el modelo. La frontera ya no está entre la superficie y el subsuelo, sino entre quienes acumulan patrimonio y quienes apenas consiguen llegar a fin de mes; entre quienes pueden elegir y quienes simplemente aceptan lo que hay.
'Metrópolis' también anticipó otro fenómeno profundamente contemporáneo, la concentración del poder. En la película, un reducido grupo decide el destino de toda la ciudad. Hoy ese poder ya no reside únicamente en los gobiernos. Convive con gigantes tecnológicos, fondos de inversión multinacionales y corporaciones cuyo volumen económico supera el producto interior bruto de numerosos países juntos. Las decisiones que afectan a millones de personas pueden tomarse en consejos de administración situados a miles de kilómetros de quienes sufrirán sus consecuencias.



La sanidad y la educación tampoco escapan a ese espejo. En muchos países occidentales, ambos sistemas soportan una presión creciente. Listas de espera, falta de profesionales, aulas saturadas, dificultades para acceder a determinados servicios y un debate permanente sobre la financiación pública. La película no hablaba directamente de hospitales o escuelas, pero sí de una sociedad donde las oportunidades dependían del lugar que ocupabas al nacer. Un siglo después, esa conversación continúa abierta.
El empleo tampoco se parece demasiado al futuro optimista que imaginaban algunos científicos del siglo XX. Se prometía que la tecnología liberaría tiempo para vivir mejor. En parte ha sucedido. Pero también ha creado nuevas formas de precariedad. El trabajo ya no siempre esclaviza mediante la fuerza física; muchas veces lo hace mediante la incertidumbre. La ansiedad ha sustituido al carbón. El algoritmo ha ocupado el lugar del capataz.
Mientras tanto, el planeta sigue contemplando guerras que desplazan a millones de personas. Las grandes potencias mantienen sus áreas de influencia mientras países enteros se convierten en escenarios donde otros dirimen sus intereses. Lang jamás citó nombres propios, pero comprendió que el poder siempre busca preservar el equilibrio que le beneficia.
También la inmigración parece dialogar con 'Metrópolis'. Millones de personas cruzan fronteras huyendo de la guerra, del hambre o del cambio climático, mientras buena parte del mundo desarrollado necesita precisamente esa mano de obra para sostener su economía. La contradicción resulta evidente. Se reclama su trabajo, pero con demasiada frecuencia se cuestiona su presencia. La película hablaba de trabajadores anónimos. Hoy esos rostros tienen nacionalidades, idiomas y culturas distintas, aunque continúen ocupando, en demasiadas ocasiones, los escalones más bajos de la pirámide social.
Lo más extraordinario de 'Metrópolis' quizá no sea su arquitectura futurista ni sus revolucionarios efectos especiales. Lo verdaderamente asombroso es que Fritz Lang entendió que el futuro nunca estaría definido por las máquinas, sino por la forma en que los seres humanos decidimos utilizarlas. La tecnología podía crear riqueza o desigualdad; liberar o esclavizar. La elección nunca pertenecía a las máquinas.
En la película, uno de los personajes pronuncia una frase que sigue conservando una fuerza extraordinaria: "El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón". Cien años después continúa siendo una de las mejores definiciones de lo que entendemos por justicia social. Entre quienes toman las decisiones y quienes sostienen el mundo con su trabajo sigue haciendo falta ese corazón.
Resulta inquietante comprobar que el 2026 imaginado por Fritz Lang no acertó porque predijera coches voladores o robots humanoides. Acertó porque comprendió que el mayor riesgo para cualquier sociedad nunca sería el progreso tecnológico, sino permitir que la desigualdad creciera hasta convertirse en paisaje.
Quizá por eso 'Metrópolis' continúa siendo una obra maestra. No porque adivinara el futuro, sino porque entendió algo mucho más difícil, que el ser humano cambia de herramientas con enorme rapidez, pero mucho más despacio cambia sus ambiciones, sus miedos y su forma de ejercer el poder. El calendario dice que ya vivimos en el año de 'Metrópolis'. La verdadera pregunta es si estamos viviendo también dentro de su advertencia./J.M.
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