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{CULTURA / FOTOGRAFíA}

La fotografía y el eterno deseo por volar

La Sala Goya del Círculo de Bellas Artes acoge la exposición '¡Volar! 100 años en el cielo'

La exposición ¡Volar! es un homenaje a cien años de aviación comercial en España. Organizada por el Ministerio de Fomento, y producida por Fundación ENAIRE, la muestra es el acto central de la conmemoración del Centenario del Transporte Aéreo en España (1919-2019). Un recorrido a través de más de 180 imágenes, muchas de ellas inéditas, procedentes de importantes instituciones públicas y privadas, colecciones y archivos particulares, que, de otra manera, no se habrían expuesto públicamente.

 

‘¡Volar! 100 años en el cielo’ quiere mostrar al público cómo la experiencia aérea ha evolucionado en un siglo de existencia, a medida que el viaje por avión se ha popularizado hasta convertirse en un actor socioeconómico de importancia global. Simultáneamente, la exposición descubre el diálogo continuo entre fotografía y aeronáutica en cien años de coexistencia. Desde el fotógrafo local que busca la imagen de su entorno o el fotógrafo de prensa, al fotógrafo artista. Desde una aviación digna de recordarse hasta una aeronáutica motivo de inspiración.

 

La convivencia de imágenes históricas y artísticas en un mismo espacio documenta la proyección de dos de las innovaciones que han marcado el siglo XX, aviación y fotografía. Ambas, decisivas en la definición moderna de tiempo, espacio y distancia. La exposición ‘¡Volar! 100 años en el cielo’ está incluida en la Sección Oficial de PHotoESPAÑA 2019. Una muestra que se articula en cinco secciones.

La fotografía recuerdo

 

La aviación es el primer gran avance humano documentado desde su origen por la fotografía. Los primeros vuelos de los hermanos Wright en Kitty Hawk quedaron inmortalizados en la emulsión fotográfica. Sus avances, sus logros, pero también sus dudas y miedos quedaron grabados en la memoria visual colectiva, como el gran logro que marca la llegada de la modernidad tecnológica, del ser humano recorriendo el cielo a su voluntad.

La fotografía y la aviación emprenden un viaje en común por el siglo XX hasta nuestros días. La cámara reaviva el recuerdo de un hecho digno de conmemorarse: volar. Incluso la proximidad al aeroplano. O al nuevo héroe de la modernidad, el aviador.

 

Es la memoria visual de aquellos que pueden compartir la experiencia de los primeros humanos voladores y de sus proezas. Es la experiencia de los pocos afortunados que podían permitirse volar en uno de los primeros aviones de pasajeros. Una experiencia digna de fijarse en el recuerdo y mostrarse, una vivencia memorable para propios y ajenos. Tanto la visión del hombre

pájaro como la experiencia aérea se convierten ineludiblemente en motivo para el recuerdo, para la imagen fotográfica. El fotógrafo vernáculo busca la inspiración en el extraño pájaro de madera y tela para componer su obra.

 

Inmortaliza a las personas, pero también a la máquina. Dos de las grandes innovaciones del siglo XX, caminando juntas. Documento y documentado, ilusión de la imagen y la máquina, prodigio y magia en ambos casos, fotografía y aviación.

 

Viajeros, máquinas, aeropuertos

 

El nacimiento de la aviación comercial transforma el mundo. Los envíos postales, la primera mercancía voladora, pasan de un tiempo de entrega de meses a días. El mismo cambio que van a experimentar los primeros viajeros. El mundo se encoge: los viajes que podían llevar meses pasan primero a días, luego a horas. Hasta este momento, emigrar a otro continente implicaba en la mayoría de las ocasiones un adiós de por vida de la familia y amigos que quedan atrás: La aviación, su velocidad, permiten el reencuentro. Esa misma velocidad implicará una reordenación a escala planetaria. Ciudades lejanas e inasequibles hasta ahora pueden visitarse en un vuelo de apenas unas horas.

 

La aviación reescribe la forma en la que comprendemos el mundo, lo remoto se hacer cercano. El cielo, inasequible durante milenios, se convierte en la gran vía de comunicación global.

La aviación es la nueva reina del transporte a escala planetaria. Con ella, el actor necesario, el aeropuerto. Los primeros hangares, apenas unos cobertizos que cobijan a pasajeros, mecánicos y aeroplanos serán sustituidos por las primeras terminales, apenas un espacio de tránsito. Con los años se convertirán en gigantescas terminales, mezcla de arte y función, capaces de albergar el tránsito efímero de millones de pasajeros que entran por sus puertas para salir volando. Catedrales funcionales para un tránsito humano millonario, mezcla de arquitectura y función, un espacio donde se desarrolla el paso fugaz del viajero y la larga espera del avión que vendrá para llevarlo a otro lugar, a otro aeródromo. Una metáfora de la vida.

 

El aeropuerto es un espacio mágico, un cruce de caminos, del que llega y el que se va. De bienvenidas y adioses. Un espacio transitorio que la fotografía permite hacer permanente en el tiempo, fijando en la memoria la alegría del reencuentro, del comienzo del viaje, la melancolía del que se va y del que queda.

 

La alfombra roja

 

El avión y el aeropuerto se convierten en la tribuna para el primer mensaje del que llega; también, de su último mensaje, su última mirada atrás al lugar que se abandona. La bienvenida incluye irremediablemente una fotografía, el testimonio físico de la presencia para la posteridad. 

La llegada de personalidades incluye la fotografía ritual al pie de la escalerilla del avión, en la plataforma aeroportuaria. Personalidades, actores y actrices, cantantes y famosos sonríen desde las puertas del avión, desde la escalerilla. Las estrellas cinematográficas aterrizan, adquieren materialidad al descender al suelo. Días más tarde, ascienden de nuevo al olimpo cinematográfico de nuevo en alas de aeroplano.

 

La materialidad se desvanece, se sublima, volviendo al mundo de sueños al que pertenecen. Los del espectador, del admirador, del fan. El aeropuerto se convierte en el espacio casi místico donde sus ilusiones, aunque por un breve momento, se han materializado.

 

La experiencia de volar

 

Las fotografías antiguas permiten recordar, ahora que volar se ha convertido en algo casi cotidiano, la magia de otros tiempos. Los primeros pasajeros vuelan compartiendo el exiguo espacio de las sacas de correo. La aparición de aviones más grandes permite unas cabinas de pasaje con un mínimo de comodidades. La construcción en madera y tela, incluso los primeros aviones metálicos, suponen un escaso aislamiento del ruido de los motores y el frío exterior. De ir sentado entre sacas de correos a una butaca de mimbre, como vemos en algunas fotos, hasta llegar a aparentemente cómodos sillones de cuero. Un documental de la época nos advierte: en el Junkers G24, el primer avión de pasajeros completamente metálico, se puede viajar con las ventanillas bajadas. Las cabinas aeronáuticas comparten diseño con trenes y autobuses: butacas, asideros, portamaletas de rejilla para el equipaje de mano y ropa. No hay calefacción ni aire acondicionado. El vuelo tiene todavía su parte heroica, la comodidad sacrificada en aras de la velocidad y la modernidad, sin renunciar a cierto lujo.

La exigencia de más velocidad y altura separa al viajero del entorno, sumando comodidades al viaje. Se añade calefacción, se presurizan las cabinas, se intenta aislar del ruido propio del vuelo y los motores.

 

Primera clase se separa de turista, la clase que permitirá la democratización del vuelo, la posibilidad para cualquiera de viajar a cualquier parte del mundo. Con el turismo nace un nuevo concepto de viajero global, en unos aviones en los que la experiencia del usuario es cada vez más importante. Unos viajes más largos requieren mejores servicios a bordo, mayores comodidades, medios de entretenimiento, comida y bebida. En unos aviones cada vez más grandes y cómodos, en unos aeropuertos pensados para tránsitos millonarios.

 

Arte y aeronáutica

 

Fotografía y aviación tienen una historia en común. Como tecnologías, como ciencias, como arte. Influencias mutuas ofreciendo cada una, desde su origen, una nueva interpretación del mundo, una nueva construcción, un nuevo ordenamiento global del universo humano. La posibilidad de viajar a cualquier destino lejano, la experiencia de la presencia se complementa con la virtualidad de la experiencia fotográfica del que ya ha estado allí.

 

La aviación pasa de ser herramienta del recuerdo a sujeto de la inspiración artística, la mayor sublimación posible del carácter etéreo de lo aéreo, la contradicción de su natural dicotomía fugaz y permanente resuelta a través de la permanencia en el medio fotográfico. Un instante, una visión, un breve momento de un mundo cambiante, congelado en la visión del fotógrafo artista, interpretado y transformado a través del objetivo de la cámara. El carácter transitorio y a la vez permanente de las nuevas catedrales aeroportuarias como imagen de la vida humana, la complejidad y el carácter multiorgánico de su construcción, la leve presencia del avión y la brevedad de su permanencia en tierra, el fluir humano entre terminales y puertas de embarque. 

 

Todo recogido, congelado en su eterno fluir, en la visión del fotógrafo. En una nueva realidad. Después de cien años sentimos la misma fascinación por la belleza de un sueño cumplido. Aunque la tecnología cambia, la esencia es la misma. La fascinación continúa intacta. En 1932 Alfonso retrata unos globos elevándose en el horizonte de Barajas en un instante mágico, en 1975 John Baldessari teoriza sobre la esencia del vuelo y en la actualidad nuestros más recientes artistas continúan capturando la magia de los rituales vinculados al vuelo. Nunca dejará de fascinar algo tan presente en la condición humana como la voluntad de elevarse./SPOONFUL

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