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{CULTURA / LIBROS}

'La solución individual a la violencia de género pasa por denunciar'

Raquel Villar ha publicado su tercera novela 'La sonrisa de Lúa'

‘La sonrisa de Lúa’ es la tercera novela de Raquel Villar. Cuenta que es probable que se animara a contar historias tras contemplar a su padre leyendo cuando era pequeña. Lo veía disfrutar de la lectura y quería disfrutar de las mismas sensaciones que él disfrutaba. Así, que pronto se convirtió en una ávida lectora y después en la creadora de sus propios relatos. Raquel ha querido zanjar las historias iniciadas en sus dos primeras novelas –‘La libreta roja’ y ‘El inventor de melodías’- retomando también un tema sensible como es la violencia de género. Ahora, ha sumado notas de intriga y aventura al relato de ‘La sonrisa de Lúa’ (Ediciones Emilianenses), a través del robo de un mapamundi. Mientras perseguía allá por el mes de agosto a ésta historia, ya tenía otra novela en mente que prácticamente tiene concluida./Javi Muro


S.- ¿Qué cuenta ‘La sonrisa de Lúa’?

A veces tratamos de etiquetar una novela en ‘un de qué va…’, pero resulta complicado porque se trata de una historia compleja, profunda. No es fácil describir ese ‘de qué va…’, más cuando, de alguna manera, la historia viene de otras dos novelas anteriores –‘La libreta roja’ y ‘El inventor de melodías’.


S.- Un tema sensible como la violencia de género está presente en la novela…

Sí. Aborda el tema de la violencia de género, un tema que ya tocaba en ‘La libreta roja’ y que quería cerrarlo, zanjarlo. Era casi algo personal, un deseo de concluir con esa historia que la había dejado ahí, en un momento en el que la protagonista decide si denunciar o no. Era una cuestión personal transmitir a las mujeres que no es suficiente con decidir denunciar, sino que después hay que llevarlo a cabo. Algo que resulta, sin ninguna duda, un proceso duro. También aparece Samuel, el protagonista del ‘El inventor de melodías’, un chico que, por distintas cuestiones, está recorriendo el mundo desde los 18 años y conoce a personas, que le van transmitiendo emociones y vivencias. En cada ciudad, descubre un personaje y un problema que está presente en la sociedad actual. En ‘La sonrisa de Lúa’ se entrelazan ambas historias, la de Daniela y la de Samuel. He añadido una trama de intriga, con el robo de un mapamundi a Samuel, un mapa que ya era importante en ‘El inventor de melodías’. Un mapa que inicialmente tenía valor personal para el protagonista, pero que ahora cobra mayor importancia. A través de ese robo me he introducido en la novela de aventuras o novela negra quizá. Ese mapamundi esconde algo más que un regalo de sus abuelos. En ‘La sonrisa de Lúa’ coinciden dos tramas que confluyen al final.


S.- ¿Es una estructura de novela más compleja qué las anteriores?

Sí. Cuando escribí mi primera novela, ‘La libreta roja’, no seguí una planificación, en ningún momento me planteé una estructura. Con la segunda, con ‘El inventor de melodías’, ya comencé a tomar notas, ya que el relato era más complejo al producirse los hechos en ciudades diferentes. Al abordar ‘La sonrisa de Lúa’ tuve claro que tenía que tener una estructura definida, ya que contaba la historia de dos personas por separado que confluyen al final. No era una historia lineal.


S.-  Comenzaste a anotar cada detalle…

Siempre llevo una libreta encima en la que voy anotando cosas, pero no tenía una expresamente para el desarrollo de la novela y en esta ocasión sí.  Abrí la libreta de ‘La sonrisa de Lúa’, que me sirvió para organizar la estructura y la forma de ir contando la historia de forma amena y equilibrada, ya que se trataba de dos personajes que seguían camino diferentes, y temía que el desorden hiciera que el relato no fuera atractivo para el lector. Tenía claro que era preciso organizarme.


S.- ¿Novela juvenil? ¿Da la impresión de que no te gusta que te encasillen?

No, no me molesta la idea de novela juvenil, pero no creo que sea una novela que deba encasillarse, de forma exclusiva, en la literatura juvenil. A mí no me gusta encasillarme en nada y tampoco que me encasillen. Cuando escribí las dos primeras novelas, no pensaba en un público concreto, ya que ni siquiera pensaba que iban a publicarse. ‘La sonrisa de Lúa’ es la primera novela que sé que se va a publicar mientras la escribía. Sin duda, tengo que dar las gracias a Emiliano (Ediciones Emilianénses) por confiar en mí desde que leyó ‘La libreta roja’. Sin duda, él, como editor, conoce más el público al que dirigir las novelas, pero desde mi forma de ser no me gusta –al escribir y en la vida- encasillarme, tampoco en un tipo de literatura. Las novelas les gustan a mis alumnos adolescentes, pero también a adultos, que no piensan que se trate de novelas juveniles. Quizá, también influye en ese deseo de no encasillarme en que me relaciono en el día a día con gente de 20, 30, 40 o 50 años.


S.-¿Has notado evolución a la hora de escribir tus novelas?

Cuando empiezas no tienes ni idea y escribes de lo que te sale de dentro y poco a poco vas aprendiendo, vas madurando, te vas formando, vas cogiendo cierta técnica. Cuando escribí el primer libro no tenía ninguna técnica y entonces resulta sencillo escribir sobre las emociones, sobre el amor, la amistad. Son el corazón de mis novelas; es algo que mantengo pero ya no de manera consciente.


S.- La amistad, el amor, los valores humanos está muy presentes en tus novelas, ¿no?

Es esa parte que necesita un libro; esa chispa de humanidad y de sentimiento que surge cuando uno escribe para sí mismo, sobre lo profundo y no sobre lo comercial. Son sentimientos a los que yo les doy mucho valor, sobre todo a la amistad, a los valores humanos, a la seguridad en uno mismo, valores que comenzaron a manifestarse ya en ‘La libreta roja’. No es algo premeditado, es algo que surge con la historia que cuento.
S.- ¿ Cómo es documentarse y recabar información sobre temas tan sensibles, como la violencia de género?

Es complicado. Cuando escribí ‘La libreta roja’ era una cría y lo importante fue ese toque sin morbo, que a veces gusta a otros autores al describir este tipo de situaciones. Tenía 19 años y era súper inocente y sólo pensaba en baloncesto, baloncesto y baloncesto… y algo en las Matemáticas, que ya estaba en la Universidad, y también en la música, que siempre me ha gustado. Estaba con mi novio de toda la vida y no conocía ese tipo de problemas. Fui topándome con situaciones, pero desde esa perspectiva en que se producen a esa edad. Nunca llegas al trasfondo, no hay detalles escabrosos o morbosos. Te impacta enterarte de ese tipo de situaciones y más a esa edad y a la hora de relatarlas las cuentas de forma sencilla, sin morbo, tal y como las has conocido. Ahora, al continuar con el tema y con más años, sería capaz de apuntar esos detalles escabrosos que todos conocemos, pero no me da la gana. En un primer momento, al informarme, no me contaron los detalles y ahora, aunque al documentarme sí he conocido los pormenores de estas situaciones, sigo pensando que lo escabroso no es lo importante. Lo esencial es transmitir que hay que acabar con el problema de la violencia de género, con lo escabroso tan sólo transmites morbo y cotilleo. Lo importante es transmitir ¡Basta ya!


S.- Te has informado y documentado ¿intuyes cómo se puede acabar con la violencia de género? Hay estudios que apuntan ya a situaciones alarmantes en personas muy jóvenes…

Es idílico pensar que el mal en el mundo se va acabar, pero que hace cien años un marido pegara a su mujer porque no le ha hecho la comida como le gusta o no ha querido acostarse con él, por ejemplo, o porque está borracho sin más, era algo normal, sin más. He hablado con personas de dos y tres generaciones atrás y esto era algo normal. Creo que la sociedad evoluciona y los valores humanos evolucionan y creo que el objetivo es ir hacia un mundo mejor. Hoy es una aberración que un marido pegue a su mujer. Cada uno tiene su escala de valores, pero hay límites que no se pueden sobrepasar. No hay una varita mágica para acabar con la violencia de género, pero la solución individual pasa por denunciarlo. No hay que verlo como un tabú.


S.- ¿Cómo escritora qué virtudes te reconoces y qué defectos?

Encuentro el orden dentro de mi propio desorden. Cuando veo todo demasiado cuadriculado echo de menos cierto desbarajuste. Creo que me inspira el desorden, no me molesta. Tenía el temor que ese desorden se pudiera trasladar a las novelas y que el relato pudiera resultar caótico, pero quienes las han leído me comentan siempre que no, que les gusta cómo están estructuradas. No se aprecia ese desorden, se transforma –me dicen- en frescura, en naturalidad. Es un alivio comprobar que no hay sensación de caos. Supongo que la virtud es esa también, la frescura y la naturalidad, que en realidad es como soy en la vida, en el día a día. Al final, mi forma de ser se traslada al papel.


S.- El amor sobrevuela la novela, tus novelas. ¿Qué es el amor para ti?

Creo que es el sentimiento más puro y más íntegro. El sentimiento más importante para el ser humano. Una vez leí o escuché una frase que decía algo así como “¿Has oído alguna vez eso de que no se puede vivir sin amor? Pues el oxígeno es más importante”. A mí ese escepticismo hacia el amor no me vale. Claro que puedes vivir sin amor, con respirar y satisfacer tus necesidades vitales basta y el amor es secundario… No creo que sea así, hay gente que respira  y se está ahogando por dentro. ¿Hasta qué punto estar vivo es respirar? Estar vivo es tener alma y sentir, ya puedes tener un físico impresionante, ganar mucho dinero… si no te llena… Hablo del amor en general, no sólo del amor en pareja. Vivir no es sólo respirar. Un tema sobre el que me gustaría escribir, creo que lo haré algún día, es sobre la eutanasia y hasta qué punto es vivir estar enganchado a una máquina, queriendo morir realmente.


S.- y también la amistad…

Por suerte, me siento muy afortunada de tener gente a mí alrededor a la que puedo considerar amiga, algunas llevan mucho tiempo en mi vida y otras no tanto. Recuerdo de pequeña cuando me decían “amigos de verdad los vas a contar con los dedos de una mano”. Es cierto, no tengo doscientos amigos de verdad, pero sí que contabilizo como amigos a muchos más que la palma de una mano. Gente que te arropa y que casi son una familia. Considero tener amigos como algo muy importante. Me dan rabia esas situaciones que provocan la perdida de la amistad por trabajar más y ganar más dinero, por conseguir algo material, o la gente joven que antepone estar con su pareja a los amigos y amigas. Me ha tocado perder algún amigo por estas circunstancias de la vida y me parece uno de los sentimientos más tristes.


S.- También los viajes son importantes en tus novelas. ¿A dónde te gustaría viajar que no lo hayas hecho ya?

A Kenia o Tanzania. Las Agustinas, el colegio donde trabajo, tienen allí una misión, están creando un colegio y con algún otro profesor hemos hablado de ir un verano. Es en verano cuando podríamos ir. Más que por el lugar, es por lo que vamos a hacer allí, por lo que estoy convencida que me va a aportar la experiencia. Como lugar a conocer, tengo mucha curiosidad por Estados Unidos, Nueva York, Bostón, ciudades grandes. Me apetece porque es algo que no conozco. He visitado Europa, pero esa parte del mundo no la conozco.
S.- ¿Cuáles son tus escritores favoritos, o imprescindibles, o, simplemente, favoritos en este momento?

Alguien que marcó muchísimo, y me sorprende que me marcara porque ha sido muy comercial y un boom, fue Stieg Larsson, el autor de la trilogía Millenium. Me enamoré de uno de sus personaje, del personaje de la chica, Lisbeth. En algunos aspectos no la entiendo y me saca de quicio, pero es un sacar de quicio que te engancha y te atrae. No recuerdo un personaje que me impacte tanto y me encante tanto como Lisbeth Salander. Es una pena que no vayamos a poder leer nada más de Larsson. También Andrés Pascual. Siempre lo menciono y no porque sea riojano. Cuando me topé con sus libros fue como ¡Vaya! Me gusta como escribe, como piensa, como relata, como estructura sus historias.


S.- ¿Recuerdas el primer libro que leíste?

Sí, el primer libro fue ‘Carrie’, de Stephen King. No me lo pude acabar. Mi padre tenía un despacho en casa y había una estantería enorme llena de libros. Yo era una enana, tenía cinco años o seis, estaba aprendiendo a leer, leía cuentitos. Recuerdo que cada semana nos daban en el colegio un cuento y teníamos toda la semana para leerlo. Recuerdo que los devoraba muy rápido y después me aburría, quería algo más largo. Esos cuentos no me daban para una semana. Mis padres me decían que los libros de la estantería no eran aún para mí, que eran de mayores. Claro, eso de ‘de mayores’ me picaba la curiosidad. Había oído hablar algo sobre ese autor que escribía historias de miedo. Al principio me daba miedo cogerlo, pero un día me decidí y cogí ‘Carrie’. Empecé a leer la primera página. Pensaba, con seis años, que lo que iba a encontrar era algo difícil de leer, que no lo iba a entender, pero empecé y pensé “lo entiendo todo, si conozco casi todas las palabras”. Así, poco a poco fui avanzando, no llegué a acabarlo… Por cierto, después lo he buscado por casa y no lo he encontrado. Es el primer recuerdo de novela adulta que tengo. Seguro que mis padres lo recuerdan porque no creo que me librara de las pesadillas por la noche. Igual me lo escondieron –bromea.


S.- ¿Si tuvieras que vivir en una novela, cuál sería?

Viviría en la mía, en ‘La sonrisa de Lúa’, al menos ahora. Hace ya tiempo que la acabé, allá por el mes de agosto, pero al verla publicada me ha entrado morriña.


S.- Comentabas antes que la música es muy importante también para ti y también aparece en tus novelas. ¿Si tuvieras que salvar tres canciones cuáles serían?

El Canon de Pachelbel, no sé que tiene, pero lo tiene. Siendo cría en casa escuchaba música clásica porque a mi padre le gustaba y el Canon de Pachelbel me enamoró. También salvaría ‘Nothing else matters’, de Metallica y ‘La canción más bonita del mundo’, de Sabina. Tres estilos diferentes.


S.- ¿Tienes héroes?

No me gusta la palabra héroe, ni líder, ni nada parecido. Tengo mucha gente a la que admiro, pero no los considero héroes, los admiro por su calidad humana. Mi padre, por ejemplo. A escribir llegué, de alguna manera, por él. Lo veía siempre leyendo y quería disfrutar de los mismo que el disfrutaba.

   

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