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El invitado inesperado y el Tour de 1988

Se cumplen 30 años de la victoria de Pedro Delgado en la carrera francesa

En los Pirineos, en el mes de julio, el calor aprieta. Era el día 18 de julio de 1988 y Germán había llegado hacía tan sólo unas horas, junto a sus compañeros de ruta, a la esplanada del Parador de Pineta. El Parador y sus habitaciones eran para ellos tan sólo una referencia geográfica. El plan -el que sus amigos y él se podían permitir- implicaba dormir al raso o, si la lluvia amenazaba por la noche, bajo el sobre techo de la tienda de campaña. Para aligerar peso en sus mochilas desistieron de cargar con la tienda completa. Las camas del recinto hotelero se les hacían inalcanzables pero quizá una limonada entrara dentro de su presupuesto. Aquella jornada habían alcanzado el ibón de Ordizeto y en jornadas anteriores habían enlazado Bachimaña, los ibones azules, bajo los picos del Infierno, y Respomuso, y al día siguiente tenían previsto ascender hasta el ibón de Marboré y contemplar Monte Perdido y el Cilindro al otro lado del valle. Las últimas noticias que Germán había conseguido del Tour de Francia situaban a Pedro Delgado como líder de la carrera. Había alcanzado el maillot amarillo en la meta de Alpe D’huez, donde había ganado Steven Rooks. “Por algo -pensó- se le conoce como la montaña de los holandeses”.

 

Eran las cuatro y poco de la tarde y en la cafetería del Parador media docena de montañeros mantenían sus barbillas alzadas mientras observaban el devenir de la etapa número 15 de la carrera francesa en el televisor emplazado en un altillo frente a la barra. “Una limonada bien fría, por favor -pidió Germán al camarero- ¿cómo marchan?”. Laudelino Cubino, del equipo BH, marchaba delante; entre medio aún aguantaban varios corredores que habían integrado la escapada del día. Los favoritos -Delgado, Rooks, Parra, Herrera, Bauer, Boyer, Pensec, Winnen, Roux y Theunisse- formaban el grupo perseguidor que se encontraba a dos minutos de cabeza de carrera. Germán comprobó que sentado en uno de los taburetes y acodado en la barra el escorzo que debía realizar su cuello era menos exigente. Así que allí se quedó. Además, aquel camarero parecía un excelente narrador ciclista.

 

La etapa terminaba en Luz Ardiden y la clasificación general parecía, llegados a aquel punto de la carrera, cosa de tres -Delgado, Rooks y Fabio Parra- o como mucho de cuatro, si el canadiense Steve Bauer -que había sido el líder durante cinco días- conseguía resistir a los escaladores. Cada uno de ellos había ganado ya una etapa. Hacía días que algunos de los ciclistas qué partían como favoritos a la victoria final al inicio del Tour en Pomichet ya no aparecían en las quinielas de favoritos. Cuando aún no se habían disputado ni uno sólo de los 3.281 kilómetros previstos y distribuidos en 22 etapas, las apuestas hablaban de Laurent Fignon, Sean Kelly, o Jean FranÇois Bernard. Cuando los ciclistas comenzaron a dar pedales, ninguno de ellos estuvo a la altura de las expectativas que habían despertado aquel año.

 

La limonada, junto a las zapatillas que habían sustituido a las botas de montaña, habían trasladado a Germán a un estado placentero. Vacaciones, amigos, naturaleza, una limonada y el Tour. “Esta debe de ser -pensó- la definición más precisa que puede hacerse del verano”. Quizá faltaba la posibilidad de darse un buen chapuzón. “No falta mucho para completar el sueño -recordó- mañana nos bañaremos en Marboré, a 2.600 metros de altura y con la vista puesta en el hielo del glaciar”. Recordaba de ascensiones anteriores el zigzag que dibujaba el camino en el último tramo antes de alcanzar el Balcón de Pineta. Asoció aquella senda con las revueltas de los míticos puertos del ciclismo con las 21 curvas de Alpe D’Huez. También recordó la leyenda que asegura que quien sale de amarillo en Alpe D´Huez es el ganador final del Tour. ¿Podía Perico ganar el Tour por fin? Que poquito le había faltado el año anterior. Tan sólo cuarenta segundos le habían privado de subir a lo alto en el podio de los Campos Elíseos. Delgado portó el maillot amarillo cuatro días y se plantó en la penúltima etapa, la contrarreloj de 38 kilómetros de Dijon, con una ventaja sobre Stephen Roche, segundo clasificado, de 39 segundos. Insuficientes para defender el liderato frente a un rodador nato como el irlandés. Roche también había ganado ese mismo año el Giro de Italia. Pero lo cierto es que el Tour de 1987 se había decidido unos días antes, en la cima de Morzine. Delgado llegaba a la última etapa de montaña como líder de la carrera pero con una exigua ventaja frente a Roche de 25 segundos. El español era consciente de que precisaba de una renta mayor a su favor para salvar la crono del último día. Así que Delgado decidió lanzar un ataque desde lejos. A quince kilómetros de meta dejó atrás Roche, Bernard, Mottet, Herrera, Lejarreta, Parra y compañía y comenzó a pedalear como si se tratasen de los últimos metros de la prueba. Por delante marchaban Fignon -que acabó venciendo la etapa- y Anselmo Fuerte. Logró distanciar al irlandés. La ventaja alcanzó el minuto de diferencia, pero de pronto las fuerzas parecieron abandonar a Delgado. En poco tiempo Parra y Lejarreta lo habían superado. Estaba sufriendo una descomunal pájara o quizá, tan sólo, la lógica fatiga acumulada tras tan descomunal esfuerzo. La televisión mostraba cómo Roche se acercaba. Al final la ventaja en meta fue tan sólo de cuatro segundo, que se incrementaron hasta catorce por haber infringido el irlandés las normas de avituallamiento. El resultado de la contrarreloj y de aquel Tour ya son conocidos.

 

Germán pensó que aquel años entre los rivales de Delgado no había rodadores, la tipología de los adversarios era más bien la de escalador. Ni Rooks, ni Parra eran extraordinarios especialistas contra el crono. Aun así, creía que cuanta más ventaja acumulase Delgado antes de la crono de Santenay -más larga aún que la del año anterior- mayor sería la tranquilidad para todos. Las imágenes que proyectaba la televisión no le tranquilizaron, mostraban a un Pedro Delgado de amarillo pero a cola del grupo de favoritos. Era la última ascensión camino de la meta de Luz Ardiden. Las cunetas registraban un lleno absoluto de espectadores. Algunos se acercaban y rociaban con sus botellas de agua el cuello de los ciclistas. La sensación calor/frío no era del agrado de todos los corredores. Thunisse y Parra demarraron y sacaron unos metros de ventaja. Rooks, Álvaro Pino y Pedro Delgado cerraron rápidamente el hueco. No habían recorrido ni un kilómetro más cuando el ataque volvió a repetirse. Theunisse saltaba en compañía en esta ocasión de Eric Boyer. Perico ocupaba la parte trasera del grupo. Fabio Parra miro hacia atrás y comprobó la posición del ciclista español y trató también de demarrar. 

Fue entonces cuando apareció el invitado inesperado. Desde la margen izquierda de la carretera un aficionado cruzó la carretera y comenzó a correr, acelerando sus zancadas cuesta arriba, hasta situarse en la cuneta opuesta y prácticamente en paralelo a Delegado. Cuando estuvo al lado del corredor del equipo Reynolds vació la botella de agua que portaba en su mano derecha en el cuello del ciclista. Nadie duda de que su intención fuera buena, pero la mirada que Pedro Delgado le lanzó confirma que la improvisada ducha no fue de su agrado. Perico miró hacia atrás y pareció pensar “a mí no me riegan más”. Se elevó sobre los pedales, situó las manos en la parte alta del manillar e inició una progresiva aceleración. Al situarse a la altura de Pino, el pedaleo de Perico se tornó explosivo. En un instante, Parra, Rooks, Theunisse Boyer y Pino quedaron atrás. Aquel día no volvieron a ver el dorsal 171. Cubino ganó aquella etapa y Perico aumentó su ventaja en la clasificación general. Una diferencia a su favor que creció aún más cuatro días después en la etapa que concluyo en la cima del Puy de Dòme. El ataque de Delgado camino de Luz Ardiden fue definitivo para sus rivales explosividad y se situó al instante en la galería de imágenes que describe la historia del Tour de Francia. 

 

Al día siguiente, mientras serpenteaba camino del Marboré y disfrutaba de las espectaculares vistas del Valle de Pineta, Germán fantaseó con que disputaba la etapa reina del Tour. De lo sucedido en las etapas posteriores a aquel ataque de Delgado camino de Luz Ardiden tras el inesperado baño de agua nada supo hasta llegar Jaca. Fueron cinco días caminando por sendas y pistas pirenaicas. Tras descender del autobús que los había trasladado desde Sallent de Gállego, donde había concluido su ruta, decidieron darse un homenaje en un restaurante. Sobre la barra que ejercía de antesala al comedor el periódico mostraba una doble portada ‘Perico, Perico. Tras Ocaña y Bahamontes, el segoviano es el tercer español en ganar el Tour’. Rooks y Parra acompañaron a Delgado en podio. Germán buscó en la crónica alguna referencia sobre el invitado inesperado, sobre el aficionado que provocó el demarraje de Perico en Luz Ardiden. Nada, ni una sola línea. ¿Por qué fue aquella ducha por sorpresa la que generó aquel espectacular ataque o Delgado ya lo tenía previsto?/Javi Muro

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