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PARIS ROUBAIX, el deseo del ciclista indomable

Hay corredores que persiguen victorias. Y hay victorias que persiguen corredores. La París-Roubaix pertenece a la segunda categoría. No es una carrera que uno decide ganar, es una carrera que decide si te deja ganar.

 

Tadej Pogačar, que a sus veintitantos ya corre con la naturalidad estadística de los mitos -ganar aquí, atacar allá, aparecer en abril como si fuera julio- empieza a mirar ese domingo de adoquines como quien observa una puerta que nadie en su casa ha logrado abrir todavía. Y eso, para alguien que parece haber abierto casi todas las demás, debe resultar todo un reto.

 

El ciclismo tiene cinco monumentos, que suenan a arquitectura antigua aunque se corran cada primavera con bicicletas de carbono: Milán-San Remo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastogne-Lieja y Lombardía. Pogačar ya tiene tres en el bolsillo, como si los monumentos fueran monedas que olvidó en un pantalón. 5 Giros de Loombradía; 3 Lieja-Bastogne- Lieja y 2 Tours de Flandes. Le faltan dos. La Milán San Remo, que es la más caprichosa, y Roubaix, que es directamente una novela rusa.

 

Roubaix no es una carrera de ciclismo. Es una discusión con el recorrido, los adoquines y la climatología. Por algo la denominan 'El infierno del norte'. Y es que el pavé no se pedalea, se sobrevive. Y por eso, históricamente, ha sido territorio de otra especie de atletas. Corredores gigantes de piernas pesadas, hombres con cara de haber nacido ya con barro en los pómulos. Cancellara, Boonen, De Vlaeminck, Merckx en sus días más industriales. El Tour, en cambio, ha sido siempre una obra más larga, más racional, donde gana el que administra mejor tres semanas de talento y paciencia.

 

Pogačar ya tiene cuatro Tours y el quinto, sobre el papel -ójala encuentre resistencia este año- parece una victoria asequible. Uno más para la estantería. Una cifra redonda que ampliaría su biografía pero quizá no su leyenda. 

 

Roubaix sí.

 

Porque Roubaix es otra cosa. Es un lugar donde los campeones van a demostrar que también saben caerse sin romperse, que pueden pedalear con las manos dormidas y los dientes apretados, que son capaces de perder la elegancia durante seis horas y seguir siendo los mejores. Allí el ciclismo deja de ser un deporte aerodinámico y vuelve a ser una pelea medieval entre hombres y piedras.

 

Y ahí está la tentación.

 

El esloveno ha demostrado en los últimos años algo raro en el deporte del siglo XXI, que le divierte correr. Que no corre para defender una estadística sino para agrandarla. Mientras otros campeones organizaban su temporada alrededor de un único objetivo -julio y el Tour-, él aparece en marzo, en abril, en septiembre. Ya ha ganado la Strade Bianche, en su primera carrera de la temporada. Pogačar ataca donde no toca. Corre donde no debería. Como si quisiera comprobar hasta dónde llega su propia curiosidad.

 

Y Roubaix encaja perfectamente en ese impulso.

 

Porque ganar un quinto Tour confirmaría lo que ya sabemos, que Pogačar es uno de los grandes dominadores de su época. Quizá el mejor de la Historia. Pero ganar la París-Roubaix lo colocaría en un lugar distinto, más incómodo y más interesante, el de los corredores que decidieron explorar todos los territorios del ciclismo.

 

Merckx lo hizo. Hinault lo intentó. Muy pocos más aceptaron de verdad el reto. En el fondo, quizá no sea una cuestión de palmarés sino de carácter. El Tour es prestigio, historia, millones de espectadores y tres semanas de solemnidad. Roubaix, en cambio, es una foto, un corredor cubierto de polvo y barro entrando sólo en un velódromo antiguo.

 

Y puede que, para alguien que ya ha ganado casi todo, esa foto empiece a parecer más irresistible que otro maillot amarillo doblado en el armario./Javi Muro

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