1277

{VIVIR / VIDA EN LA CIUDAD}

La ciencia sugiere arbolado y menos asfalto frente a las olas de calor

Un espacio arbolado puede reducir la temperatura hasta en 12 grados, refleja un estudio de Nature

Las olas de calor llegan antes, duran más y convierten las ciudades en auténticos radiadores. Mientras el aire acondicionado se multiplica y el asfalto sigue acumulando calor, la ciencia apunta hacia una solución sorprendentemente sencilla, plantar árboles y reducir el espacio destinado al tráfico. No parecen medidas imposibles de implementar. Al contrario, sorprende que aún -sabiendo que las olas de calor son cada vez más habituales y más intensas- no sea una prioridad del Gobierno municipal en cada ciudad.

 

Hubo un tiempo en el que hablar de cuarenta grados en junio parecía una exageración. Hoy ya no lo es. Las olas de calor han dejado de ser un episodio excepcional del verano para convertirse en una presencia cada vez más temprana y persistente en el calendario. Europa y España en concreto se enfrentan a episodios de calor extremo que pueden prolongarse durante semanas. En España hemos empezado a normalizar temperaturas que hace apenas unas décadas se consideraban extraordinarias.

 

Pero el problema no es únicamente el cambio climático. También es la forma en que hemos construido nuestras ciudades. Hormigón, asfalto, fachadas oscuras, grandes superficies impermeables, escasez de árboles y miles de vehículos circulando cada día convierten las calles en enormes acumuladores de calor. La consecuencia es un fenómeno bien conocido por los climatólogos: la isla de calor urbana. Y es que las ciudades no solo sufren el calor. También lo fabrican.

 

El mejor aire acondicionado es un árbol

Durante décadas se ha pensado en el arbolado urbano como un elemento decorativo, una cuestión estética o paisajística. La investigación científica ha cambiado radicalmente esa percepción. Hoy los árboles son considerados una infraestructura climática tan importante como una red de abastecimiento, un sistema de drenaje o el servío público de transporte. Son esenciales.

 

Una revisión publicada en 'Nature Communications Earth & Environment' en 2024, que analizó 182 investigaciones realizadas en 110 ciudades de todo el mundo, concluye que los árboles pueden reducir la temperatura percibida por un peatón hasta en 12 grados centígrados. No se trata de una sensación subjetiva. Es un descenso medible. Se ha calculado que con 27ºC a la sombre la temperatura es de 48ºC en el asfalta y un coche genera hasta 76,1ºC.

El mecanismo es doble. Por un lado, la copa proyecta sombra e impide que el sol caliente directamente el pavimento y las fachadas. Por otro, mediante la evapotranspiración, el árbol libera vapor de agua que enfría el aire del mismo modo que el sudor enfría la piel humana. Es, literalmente, un sistema de refrigeración natural.

 

No basta con plantar césped

La investigación también desmonta otra idea muy extendida, no todos los espacios verdes refrescan igual. Un estudio realizado sobre 293 ciudades europeas, publicado también en Nature Communications, demuestra que los árboles enfrían entre dos y cuatro veces más que una superficie verde sin arbolado. Mientras un césped absorbe radiación solar, una alineación de árboles adultos proporciona sombra, reduce el calentamiento del suelo y enfría el aire. Las diferencias son contundentes.

 

En muchas ciudades europeas las zonas arboladas registran temperaturas superficiales de entre cuatro y doce grados inferiores respecto a las áreas densamente urbanizadas. No es casualidad que las plazas con grandes árboles sigan siendo refugios naturales durante los días más calurosos.

 

Además, un parque refresca mucho más allá de sus límites. El beneficio tampoco termina donde acaba el jardín o la zona arbolada. Investigaciones realizadas muestran que los grandes parques urbanos reducen la temperatura 1,3 grados durante el día y más de cuatro grados durante la noche, mientras que ese efecto puede extenderse hasta un kilómetro alrededor del espacio verde.

 

En otras palabras, plantar árboles no mejora únicamente la calle donde se encuentran. También mejora los barrios vecinos. Sin árboles, las ciudades serían todavía más calientes. La importancia del arbolado urbano queda reflejada en otro dato reciente. Un estudio global publicado en 2026 concluye que los árboles compensan aproximadamente la mitad del calentamiento producido por la isla de calor urbana.

 

Si desaparecieran, las ciudades serían, de media, 0,31 grados más cálidas, una cifra que puede parecer pequeña pero que, aplicada a miles de personas durante olas de calor cada vez más frecuentes en cada ciudad, tiene importantes consecuencias para la salud pública. Se calcula que 900 personas han fallecido en España durante la última ola de calor. 

 

El calor también sale de los coches

Cuando se habla del tráfico rodado casi siempre aparece la contaminación atmosférica. Mucho menos conocida es otra de sus consecuencias, los vehículos también producen calor. Cada motor de combustión funciona como un pequeño foco térmico. A ello se suma el calor desprendido por los frenos, los neumáticos, los sistemas de climatización y el propio asfalto, que almacena energía solar durante horas.

 

Los climatólogos agrupan todas estas emisiones bajo un mismo concepto, calor antropogénico. Diversas investigaciones concluyen que este calor generado por la actividad humana puede elevar entre uno y dos grados la temperatura de determinadas zonas urbanas, especialmente durante la noche, cuando el asfalto y los edificios liberan lentamente toda la energía acumulada durante el día.

 

No todas las calles se comportan igual

Las vías con mayor intensidad de tráfico, abundancia de asfalto y escasa vegetación alcanzan las temperaturas más elevadas y tardan mucho más en enfriarse tras la puesta de sol.

 

¿Qué ocurre en Logroño?

Aunque no existe un estudio que compare directamente la temperatura de calles como Chile, Gran Vía o Portales, sí conocemos bastante bien el comportamiento térmico de la ciudad gracias a las investigaciones desarrolladas por la Universidad de La Rioja. 

 

Los trabajos realizados sobre el microclima urbano detectaron una isla de calor de hasta tres grados entre el centro y la periferia durante las noches estivales, con una diferencia media cercana a 1,7 grados.

 

Los investigadores comprobaron además que la temperatura depende de una combinación de factores: la cantidad de tráfico, la presencia de árboles, la anchura de las calles, la orientación, la ventilación y la proximidad a zonas verdes.

 

Curiosamente, grandes avenidas como Gran Vía o Vara de Rey no siempre registran las temperaturas más elevadas. Su mayor anchura favorece la circulación del aire y puede convertirlas en corredores de ventilación capaces de reducir ligeramente la temperatura respecto a calles interiores más cerradas.

 

La calle Chile, en cambio, presenta unas condiciones diferentes caracterizadas por el intenso tráfico, gran superficie asfaltada y menor continuidad de sombra. No existen mediciones específicas publicadas, pero la evidencia obtenida en otras ciudades españolas indica que una calle con tráfico intenso puede registrar entre más tres grados que otra calmada o peatonal con abundante arbolado.

 

Adaptar las ciudades al nuevo clima

Las previsiones científicas coinciden en un diagnóstico claro, el calor seguirá aumentando y llegará cada vez antes. La cuestión ya no es únicamente cómo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, sino cómo hacer habitables nuestras ciudades durante los próximos veranos y los meses previos y posteriores. La ciencia asegura que la respuesta parece menos tecnológica de lo que cabría imaginar. Más árboles. Más sombra. Más parques. Más suelo permeable. Menos superficies asfaltadas. Menos tráfico innecesario.

 

No son únicamente medidas ambientales. Son actuaciones de salud pública, de adaptación climática y de calidad de vida. Porque un árbol no solo captura dióxido de carbono. También reduce la temperatura de la calle, mejora el confort de quienes caminan, disminuye el consumo energético de los edificios, favorece la biodiversidad y convierte una ciudad hostil en un lugar más habitable. Quizá la gran lección que deja la ciencia sea precisamente esa, frente a un planeta cada vez más cálido, la infraestructura más eficaz no siempre es la más sofisticada. A veces la solución lleva siglos creciendo en silencio./Javi Muro

 

PD. A modo de sugerencia: Una línea de investigación muy interesante en Logroño sería comparar con cámaras térmicas y sensores la temperatura de calles como Chile, Gran Vía, Portales, Bretón de los Herreros, Pérez Galdós o Avenida de Portugal, junto a otras más próximas al río y de la periferia, durante una ola de calor. Un estudio de ese tipo tendría un enorme valor divulgativo y podría aportar datos locales muy sólidos para el debate sobre el diseño urbano y la adaptación al cambio climático. Y acometer actuaciones al respecto.

 

 

Suscripción a la Newsletter Enviar