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{CULTURA / LIBROS}

'Creo que lo difícil a la hora de escribir no es empezar sino acabar'

Javier Quevedo ha ganado el Premio literario Café Breton con 'Animales que no se pueden acariciar'

Javier Quevedo ha ganado el Premio Café Bretón (Bodegas Olarra) con su colección de cuentos 'Animales que no se pueden acariciar', calificados por el jurado de "fuera de lo cotidiano, inquietantes, surrealistas y curiosos". Quevedo, sevillano de nacimiento, vive en Madrid y trabaja como bibliotecario en el barrio de Vallecas. Escribe por las tardes durante dos o tres horas, no se marca ritmos, y tanto puede servirse del ordenador como de la escritura a mano, a la que reconoce a regresado últimamente. Estudió filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y ha publicado diferentes relatos en ediciones colectivas. 'Animales que no se pueden acariciar' es su primer libro. Reconoce que una de las cosas más asombra a los escritores es "conexión del lector con los disparates que escribes" y lamenta el camino al que, considera, se dirige la sociedad. "Vamos -dice- hacia una nueva Edad Media... y yo odio la Edad Media"./Javi Muro

 

SPOONFUL.- ‘Animales que no se pueden acariciar’ es el título del Premio Café Bretón de 2015. ¿Qué nos encontramos al abrir las páginas del libro?

Con personajes que no tienen sitio, ni siquiera entre los que no tienen sitio, y que no lo tendrían ni en la sociedad más utópica. Pero ellos no lo saben y eso les otorga cierto candor. Creo que todos los frikis de provincia se podrán sentir identificados; y es tan fácil convertirse en friki… Basta que te guste la ópera o la poesía china, que te enamores de una mujer que anda de espaldas o que no seas del Athletic como tus amigos, para que se te cierren todas las puertas.

 

S.- Describías los cuentos que componen el libro como ‘historias que todo el mundo precisa en algún momento para maquillar la realidad’…

En la presentación hablé de que todos somos unos cuentistas redomados, que nos pasamos de la mañana a la noche fabricándonos cuentos chinos: lo son nuestros deseos, nuestros proyectos, el pasado que falsificamos, buena parte de las ideologías que sustentamos… vivimos literalmente del cuento, tres cuartas partes de nuestra vida mental es pura fantasía. Este tipo de cuentos suele ser bastante pobre, un consuelo de tontos, están hechos a medida para narcotizarnos durante un rato. Y si los consumimos en exceso pueden llegar a intoxicarnos tanto que nos alejemos por completo de la realidad, en un mundo puramente fantástico, aunque a nosotros nos parezca tener los pies en la tierra. Por eso necesitamos otro tipo de cuentos chinos, nada complacientes, que no sirven para consolarnos ni engañarnos, sino para desintoxicarnos de los otros y, sobre todo, para sentirnos vivos, para experimentar de nuevo la realidad en todo su salvajismo. Claro que este otro tipo de historias no consuela mucho.


S.- La literatura como terapia… como vía de escape…

Es completamente inútil; la literatura, el arte en general, no cura puesto que nos hace ver las cosas tal como son, es decir, difícilmente soportables y a ratos, fascinantes. La verdadera vía de escape y la verdadera terapia es la de la gente normal: viven, trabajan, procrean sin pensar en mucho más, y cuando alguien les recuerda que hay más vida, le contestan: “no me vengas con cuentos”.


S.- Escribir permite al autor ser otros personajes, ¿también al lector?

Una de las cosas que más asombra a quien escribe, sobre todo si escribe, como yo, una literatura poco realista, es ver cómo los lectores conectan de repente con los disparates que a uno se le ocurren. Hubo una chica en la presentación que me confesó: “Yo también soy un animal que no se puede acariciar” y aquello me sonó mejor que un aplauso. Pero más que convertirse en otro, lo que el lector hace, a través de los personajes, es convertirse por fin en él mismo. “¡Ese soy yo, pobrecito!”, exclama el lector cuando el personaje le llega.


S.- ¿Cómo llegas a la escritura? ¿A través de la lectura?

Sí, ese es el punto de partida de todos: queremos emular a alguien, lo imitamos hasta mimetizarnos todo lo posible (ya sea Elvis Presley o Kafka). Luego, la siguiente etapa (que puede tardar muchos años en llegar) la describía Rulfo mejor que nadie: contaba que no encontraba en las estanterías la historia que le hubiera gustado leer y que por eso al final no tuvo más remedio que escribirla él mismo.
S.- Con el premio Café Bretón en la mano y la edición de ‘Animales que no se pueden acariciar’ ya editado, ¿qué siente ese escritor qué trabajó esas historias y las remitió al certamen?

Mucha vergüenza; sobre todo cuando uno se compara con los autores que admira. Luego soy realista: sé que la práctica de cualquier arte es como la eclosión de huevos de tortuga en las islas Galápagos: sólo unas pocas tortugas llegan a la orilla y se salvan. La imaginación no perdona, como decía Breton (André, no el de los Herreros). Uno puede ser un ingeniero o un bibliotecario del montón, y cumplir bien su trabajo. Pero eso no vale en literatura: los escritores del montón que se dediquen a otra cosa.


S.- Corrígeme si me equivoco, trabajas como bibliotecario en el barrio madrileño de Vallecas. ¿Qué fue antes, la pasión por leer, el deseo de escribir o el trabajo en la Biblioteca?

Sí, soy bibliotecario en Vallecas, que es como ser antitaurino en Tordesillas. Lo de bibliotecario fue un accidente, lo mismo hubiera podido acabar de verdugo, como en la película de Berlanga. Si a los veintitantos, cuando iba de imitador de “Salvaje” de Marlon Brando, alguien me hubiera dicho que iba a terminar de bibliotecario, me habría meado de risa o tal vez le habría dado una hostia. Lo de leer y escribir ya es más vocacional. Cuando de niño empecé a pensar en qué iba a ser de mayor, me venía lo de escritor de manera automática, quizás porque es lo que más se parecía a lo que hacía por entonces: estar todo el día en las nubes, fantaseando, y de vez en cuando bajar a la tierra a leer.


S.- En el día a día, tienes infinidad de libros observándote y tú observándolos, debe existir una enorme energía para tu faceta de escritor, ¿no?

Tengo mucha suerte de vivir rodeado de libros, en lugar de tornillos o lubinas, como otros. Eso me permite trabar conocimiento con libros imprevistos, que nunca compraría, y que suelen ser los más interesantes: los que te llevan al huerto contra tu voluntad. Pasa igual con las personas: uno acaba siempre con personas que no son su tipo, como decía el Swan de Proust.


S.- En tu doble relación con el libro –como escritor y bibliotecario- nadie mejor para resolver el gran misterio, ¿se lee en este país? ¿quién lee?

En este país leen mucho las mujeres, a partir de cierta edad; y los jóvenes leen cada vez menos, entre cosas porque Internet está arrasando con la capacidad lectora, no sólo porque les roba el tiempo para los libros, sino ante todo porque el tipo de lectura entrecortada que propicia los convierte irremisiblemente –como han estudiado los expertos- en idiotas analfabetos. La edad mental de un chaval de ahora de 15 años equivale a la de uno de 10 años (de los menos despabilados) de mi generación. Es de las pocas certezas que tengo en esta vida. Que vamos hacia una nueva Edad Media (y yo odio la Edad Media).


S.- ¿Cómo fomentarías la lectura? Y si existen generaciones perdidas, ¿cómo la fomentamos entre los más jóvenes?

Lo primero es restaurar las Humanidades en la educación. Pero ¿a quién le interesa eso? Los planes de estudio los hacen ahora los empleadores de las fábricas: quieren buenos obreros, que encajen como una pieza lubricada. La filosofía, la literatura y otras chorradas, que no sirven para convertirte en mano de obra, no son para ellos más que una pérdida de tiempo, ni siquiera les parece subversivo. No hay secretos en este campo: los países que más invierten en educación y cultura son los que tienen los índices de lectura más altos. Entonces rectifico: lo primero es echar a los neandertales actuales del gobierno y poner a gente sensata. Tenemos una de las derechas más cutres del continente, salvo –de manera extravagante- en el tema gay. Ver a Rajoy y compañía asistiendo a una boda gay es una de esas historias increíbles que ni a mí se me hubieran ocurrido. Algo hemos avanzado.


S.- ¿Cuándo escribes?

Por las tardes, un par de horas, como mucho tres. No creo que en esto haya reglas: hay escritores geniales muy vagos, y otros muy aplicados que son un petardo. No valoro la virtud del trabajo; no soy alemán.
S.- ¿Qué necesitas para escribir? Un lugar, ordenador, a mano, música…

No necesito nada especial, no tengo manías ni soy fetichista. Últimamente he dejado el ordenador y he vuelto a escribir a mano. Soy un enfermo terminal de la informática: me estoy desenchufando poco a poco. No tengo facebook ni twiter, y con suerte pronto prescindiré del correo electrónico y volveré al tam-tam.


S.- ¿Qué te inspira?

Todo, menos la vida cotidiana.


S.- Volviendo a ‘Animales que no se pueden acariciar’, el humor está presente en el estilo con el que se narra cada historia. ¿Es algo premeditado o lo pedía la propia narración?

Me sorprendo cuando hablan del humor del libro, porque me considero bastante soso y cuento muy mal los chistes. Soy tan serio que ya me llamaban de usted a los 14 años. De modo que si hay humor no es nada deliberado. Yo creo que es que estamos tan hartos de que las cosas sean como son, que cuando se trastocan de repente estallamos de alivio y de alegría, como si hubiéramos contenido la respiración demasiado tiempo. Si algo abunda en mis cuentos es lo imprevisto; el humor debe provenir de ahí. En cualquier caso, espero que sea risa liberadora, no de la que humilla, que es la que se lleva ahora en la televisión y en la calle.


S.- Has comparado, en alguna ocasión, los relatos con los sueños y asegurabas que del mismo modo contaban cosas que no interesan demasiado, que resultan difíciles de entender, que nos sirven para alejarnos de la realidad.

Los sueños son la demostración más patente de que el realismo en arte es una superstición. A los sueños les importa un comino la realidad, pero eso no impide que nos los tomemos muy  en serio, por lo menos mientras los soñamos. Este principio de que el arte utiliza cuando le conviene la realidad, pero que no tiene por qué ser su reflejo, algo que está aceptado desde hace mucho en las artes plásticas (ya nadie se escandaliza porque un retrato no se parezca al retratado, ni piensa que los cuadros de Picasso los podría hacer su hijo), en literatura parece que no termina de cuajar. Y en algunos aspectos da la impresión de que vamos marcha atrás. Hoy día, Joyce lo hubiera tenido mucho más crudo para publicar su 'Ulises'. Un escritor no tiene por qué ser un notario; debe ser intenso y arrastrar al lector –que suele ser comodón- a donde no esperaba ir. Ese vértigo de no saber dónde vamos a acabar es la marca de las buenas historias. La mayoría de las ficciones, en cine y literatura, que consumimos suelen seguir la dirección contraria: historias reconocibles de principio a fin, que no nos suliveyen.


S.- No crees que a veces esas cosas ‘que no importan demasiado’ son las realmente esenciales y que priorizamos otras por las que nos dejamos arrastrar.

Creo que todos sabemos en el fondo que nunca hablamos de las cosas que de verdad importan. La regla de oro en cualquier reunión social, ya sea de amigos, familiares o simples conocidos, es que sólo se hable de tonterías reconocibles, de lugares comunes como los que recopilaban Bouvard y Pecuchet. Por suerte, todavía nos queda la literatura. Un profesor de escritura (Víctor García Antón, uno de los mejores cuentistas que tenemos) explica en sus clases que la literatura consiste en hablar de lo que no se puede hablar. Un tipo nos cuenta que abandonó todo y se encerró en su dormitorio porque un día mojó una magdalena en el té y le dio un cuelgue. Si eso nos lo cuenta un amigo en la barra de un bar, llamamos a la familia para que lo ingresen.  Pero se trata de Proust, de la mejor novela que se ha escrito nunca.


S.- El jurado del Premio Café Bretón calificó tus cuentos de “fuera de lo cotidiano, inquietantes, surrealistas y curiosos”, ¿compartes la descripción?

Sí, lo que pasa es que esa misma descripción se puede aplicar desde Caperucita Roja a 'La metamorfosis'. Me conformo con que el lector diga al final: ¿Pero éste de qué va? Si es una chica fina: ¡Ay, por favor!


S.- ¿El galardón es un acicate para seguir escribiendo? ¿Estás ya con una nueva historia?

Por lo menos, los que pensaban que eras un inútil te miran de otra forma. Ahora, además de inútil, piensan que eres un cara, que vives del cuento; algo que sólo se les consiente a los políticos. Estoy con muchas historias al mismo tiempo. A diferencia de lo que piensa la mayoría, creo que lo difícil a la hora de escribir no es empezar sino acabar.

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